Orgullo y Consciencia. Relato Antiespecista

El cuervo llevaba días visitándole. Deseaba que se fuera, pero no le hacía caso.

– Déjame. Como me vean los humanos hablando contigo…
– Vamos, podrías aplastarlos con sólo dejar caer tu pata sobre su cabecita insignificante..
– Pero, no puedo. Estoy atado, no puedo irme.
– No estás atado, esa estaca no es nada comparada con tu inmensa fuerza.
– Mientes, lo he intentado desde pequeño, y nunca he podido liberarme. Esta estaca es mucho más fuerte que yo. Y los humanos también lo son.
– No. Es lo que te han hecho creer, te ataron cuando eras un niño, y como no tenías la fuerza que tienes ahora, en tu cerebro se grabó que era inútil intentarlo.

Movió la pata, y la cadena se puso tensa.

– No, no puedo. Lo intento y no puedo.
– Claro que puedes. Venga, estira.

Y estiró. Y paró.

– No, no sigas, me harás volverme loco.
– ¿Prefieres ser un esclavo a un loco?
– No, no. Sólo quiero que me dejes en paz. Haré lo que me digan los humanos para que no me peguen. Vete…, ¡Vete!.
– Como quieras. De todas formas vendré mañana.
– No quiero que vuelvas nunca.
– Eso no es importante. Mañana me posaré en esa rama que ves ahí. Si quieres echarme tendrás que llegar hasta ella, pero claro, estás atado, ¿no?
– No me hables así. Soy un elefante.
– No. Tú eres un esclavo. Yo soy un elefante.

Y se fue.

El elefante estuvo pensando todo el día en lo que le había contado el cuervo. Tímidamente estiró, pero por más que lo intentaba no podía lograr nada. ¿Qué te han hecho esos humanos?, le preguntó una voz en su cerebro, una voz que hablaba demasiado parecida a la del cuervo. ¿Te han doblegado?, ¿a ti, el titán de la naturaleza?. ¿Tú que puedes arrasar un bosque si te lo propones?. ¿Tú que siembras el pánico a tu paso y que asustas hasta al mismísimo león?. ¿Tú que eres tan grande y fuerte como 60 humanos?. ¿A ti te han doblegado, y te obligan a vivir preso a una pequeña estaca?. A ti que haces retumbar el suelo a cada paso, ¿a ti te obligan a repetir lo que te enseñan con golpes y hierro?

“No, no me hagas eso”. “Tú, no”. “Tienes que entender que los humanos nos golpearán hasta la muerte si no les hacemos caso”. La voz de su interior guardó silencio durante toda la noche, aunque eso no le ayudó a conciliar el sueño.

– Hola, esclavo. – Como había dicho, a la mañana siguiente se posó en la rama.
– ¿Qué quieres, cuervo?
– ¿Sigues atado a esa estaca?. Pero si pesa menos que mis plumas.
– No sabes lo que dices, esa estaca es tan fuerte que nadie más que el humano puede moverla. Mi padre decía que los humanos la clavaban tan profundo que haría falta cien como nosotros para arrancarla del suelo.
– ¿Eso decía tu padre?, ja, ja. Era listo tu padre, ¿eh?.
– Era muy listo. Mira, era tan listo que vivió muchos años, sobrevivió a muchos golpes, y murió de viejo. Con tus consejos harás que me maten, cuervo.
– Ya, ya. Pues quédate aquí y sé un esclavo, como tu padre, como tu abuelo, y como serán tus hijos, nietos, bisnietos. En fin, toda tu descendencia…
– Maldito, cállate de una vez, no me tortures…
– ¿Yo te torturo?. El humano es quien te tortura, no yo. Yo sólo te hablo de sus torturas. Sólo soy un mensajero. ¿Querrás acaso la cabeza del mensajero?.
– Cállate, cuervo, cállate ya.
– No me voy a callar. Puedes, si quieres, venir a callarme.

El elefante gritó, elevó la trompa con los ojos enrojecidos, y cargó contra el árbol. Su cabeza golpeó e hizo temblar el tronco.

– Has fallado.

El elefante alzó la vista y vio al cuervo volando en círculos sobre su cabeza. Respiraba con dificultad, le escocían los ojos, y en un momento comenzó a llorar. El cuervo graznó, y se posó sobre su cabeza.

– ¿Por qué lloras?
– ¿Por qué me haces esto?
– ¿No respondes a mi pregunta?
– Mira lo que me has obligado a hacer.
– ¿Yo te he obligado?. No sé si recuerdas que has sido tú el que has golpeado al árbol.
– Y no ha servido para nada.
– ¿Para nada?
– Sí, para nada. Nunca podré hacer que te vayas, igual que nunca podré soltarme de esa estaca.
– ¿Estás seguro?
– Claro que lo estoy, ¿no lo has visto ya?
– Mira hacia atrás, anda. – El cuervo le acarició la cabeza con un ala mientras giraba el cuello para mirar hacia atrás.
– La estaca… – El cuervo voló de nuevo, esta vez a la altura de sus ojos, a escasos centímetros. – ¿Cómo lo has hecho?
– No he sido yo, has sido tú.
– No. Es imposible… – Miró de nuevo la estaca – No… ¿Cuervo?, ¿dónde estás cuervo?

El cuervo se había ido. Y así pasaron las horas, el elefante no se movió de allí, pensando. ¿Había sido capaz de vencer a la estaca?, Y si así fuera, ¿qué más podría hacer?…

Los humanos llegaron antes del crepúsculo, y vieron la estaca fuera. No le dijeron ni le hicieron nada. Simplemente la volvieron a clavar. “Seguramente”, se dijo, “se la achacan a otras causas”.

Amaneció un nuevo día. El sol ya no le parecía tan grande, ni el aire tan frío. Los árboles parecían haber menguado, incluso dudaba que cupiese de nuevo en la jaula donde lo transportaban.

– ¿Qué me pasa, Cuervo? – Preguntó al ave negro en cuanto se posó sobre él.
– No te pasa nada, elefante.
– ¿Y por qué me siento así?
– ¿Así, cómo?
– ¿Por qué me siento tan grande?, ¿y por qué me parece todo lo demás tan pequeño?
– Ahh, amigo. Eso se llama orgullo de elefante.
– ¿Orgullo de elefante?, mmm…. – Agitó la cabeza y el cuervo salió volando hasta posarse en su trompa. – ¿Es que los elefantes somos orgullosos?
– Los elefantes sois los más grandes, los más fuertes. No sois orgullosos, sois conscientes.
– ¿Entonces es que ahora soy consciente?
– Consciente… y orgulloso – rió el cuervo.

Los humanos se lo llevaron hacia la cueva blanda donde aguardaban otros muchos humanos. Aplaudieron en cuanto lo vieron llegar. El humano de la trompa afilada le miró con esos ojos peligrosos. Pero, por primera vez no se encogió ante esa mirada.

– ¿Cómo te sientes ahora?
– Me siento grande.
– ¿Grande?
– Y fuerte. – Al oírlo el cuervo rió de nuevo.

– ¿Con quién hablas? – le preguntó su hermana “Kau”. Por un momento se quedó en blanco.
– Perdón. Hablo con el cuervo.
– ¿Qué cuervo?
– El que está sentado sobre mi trompa.
– No hay ningún cuervo sobre tu trompa.
– ¿Oyes lo que dice, cuervo? – Clavó la vista en el cuervo, pero no estaba. Miró arriba, abajo. – ¿Cuervo?
– Dime, elefante – respondió el cuervo, pero en su cabeza.
– ¿Qué pasa?, ¿dónde has ido?
– No me he ido a ningún sitio.
– Cuervo, ¿cómo has entrado en mi cabeza?
– No he entrado en tu cabeza.
– Sí, te oigo.
– No he entrado. Lo que pasa es que nunca he salido de ella.
– ¿Cómo?. Si te he visto, en el árbol, con la estaca.
– Pero, yo nunca salí de tu cabeza.
– ¿Entonces no existes, cuervo?
– Claro que existo, sino ¿cómo ibas a estar hablando conmigo?.

Empezó a sonar la música, y “Kau” y los demás se pusieron en marcha.

– Cuervo, no lo entiendo.
– Tampoco te hace falta.

Sonó un chasquido de la trompa oscura del humano, que lo miraba desafiante; pero él buscaba respuestas.

– Entonces, ¿tú eres yo?
– NO. Tú eres yo.

Sonó otro chasquido, y el humano se acercó más aún.

– ¿Eso tiene que ver con el orgullo de elefante?
– Ja,ja,ja. Así es. Orgullo y consciencia de elefante.

La trompa le cortó una mejilla. Retrocedió, miró al humano que se acercaba más y más. “Humano insignificante”. Alzó la trompa y gritó. El humano volvió a golpearle. Al esclavo los ojos del humano le parecían fuego, pero para el elefante sólo eran brasas, unas pocas brasas a punto de extinguirse. Avanzó un paso, y la trompa oscura restalló en su frente. Los chillidos agudos de los humanos se le clavaban en el cerebro.

Por todas partes acudían más humanos, con hierro… “No podéis volverme a atar, vuestra estaca ya no es tan fuerte”. Le golpearon, y se agitó. “No me golpeéis, soy un titán. Soy grande y fuerte” les chilló, pero no le hicieron caso. “Puedo aplastaros con sólo dejar caer mi pata sobre vuestra cabecita insignificante”.

– Hermano, ¿qué haces? – La voz de “Kau” sonaba angustiada.
– No soy tu hermano, esclava. – Le respondió mientras avanzaba un pasito más.
– Hermano, detente, te matarán. ¿no ves que ellos son humanos?

Le golpearon encima de la cola, y se agitó de dolor. “¿Cómo os atrevéis?”.

– Lo que veo es que son, solamente, humanos.

“Y yo soy grande. Y fuerte”. Y entonces cargó. Empujó al humano y pasó por encima de su cuerpo. Escuchó sus huesos crujir. Siguió corriendo, empujó más humanos, escuchó como gritaban. Salió fuera. Y siguió corriendo, empujando y aplastando.

Escuchó un trueno, y algo entró en su cuerpo. Dolía, pero siguió corriendo. Él era grande. Y fuerte. Sonaron más truenos, pero siguió corriendo. Empezaba a dolerle mucho. Más y más truenos, más y más truenos. Se paró. Necesitaba descansar. El era fuerte, y grande. “Sí”. Intentó correr de nuevo, pero unos nuevos truenos le hicieron tambalearse y caer.

Su vista se nublaba, y el dolor crecía.

– ¿Cuervo?
– ¿Sí, elefante?
– Me muero.
– Sí, elefante.
– Lo siento, he permitido que nos maten.
– ¿Dónde queda tu orgullo de elefante?
– Mi orgullo de elefante… ¿Entonces no estás enfadado conmigo?
– No. estoy orgulloso de ti, elefante.

Y llegó la oscuridad.

Dedicado con cariño al elefante que aparece en Earthlings, y a los otros miles que sufrieron, sufren y sufrirán su mismo destino.

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